CUERPO Y ASEDIO EN EL PERFORMANCE. “El Cuerpo y su doble”. Anotaciones sobre la Segunda Bienal de Performances DEFORMES 2008.

por Tomás Peters N.

La relación entre cuerpo y performance se comprende y enmarca, entre otras cosas, por una crítica al poder. Pero un poder peculiar, casi invisible. Un poder que se gesta en las estructuras políticas y que se ejerce sobre el cuerpo. He ahí justamente su particularidad: las disposiciones de control son siempre invisibles, casi imperceptibles: en su mayoría lentas, pero implacables. Frente a este tejido propuesto, ¿cómo se interpreta la performance en la sociedad moderna?, ¿cómo comprender y describir la interpenetración del poder en el cuerpo?, ¿qué significa para la performance su registro y transferencia? La performance nos invita a pensar estos cuestionamientos y nos permite describir y reflexionar el cuerpo –y su resistencia - desde una mirada crítica y reflexiva.

I

Frente a este modelo de propuesta programática, resulta importante interrogarnos sobre la emergencia de la performance y su comprensión como manifestación en la sociedad moderna. Situándome como observador de observadores, me atrevo a señalar que la performance se debe comprender bajo la condición de posibilidad de la sociedad moderna: la sociedad es la suma de todas las comunicaciones posibles. Cada acción es, en este sentido, comunicación que no resulta redundante: es relevante en la medida en que existe un receptor que comprende.

La comunicación, en este sentido, es eminentemente social. Desde esta perspectiva, una acción performática se interpreta como una selección de comunicaciones en un fluido constante. Tal trazado de distinciones comunicativas nos exige seleccionar, por tanto, información que en sí cuestiona la probabilidad de comprensión. En otras palabras, es improbable que ego (el observador) entienda lo que pretende alter (el performista) dada la individualización de nuestras conciencias: cada uno concurre al “acto” con su propio campo de percepción y evocación. Pues bien, esto no debe interpretarse como un acto artístico incomprensible. La performance es una forma de arte, y como tal nos cuestiona constantemente por el sentido de la obra y su función e interpretación en el mundo social.

Quizá ahí esté una de las peculiaridades del arte de performance: su gestación nos obliga –como observadores- a vivenciarla y descifrarla. Es decir, nuestra permanencia temporal en la manifestación comunicativa performativa permite formar el campo necesario para su gestación y posterior finalización (co-presencialidad). Pero aquella gestación no dependerá de nosotros. El sentido abre el universo de posibilidades de selección del artista sobre la temporalidad de la obra: el sentido nunca permanece inalterable, cambia constantemente, es contingente, es una actualización continua y autónoma de posibilidades. El performista irá trazando decisiones comunicativas desde el comienzo de la presentación, durante la misma y al finalizarla. En este sentido, el artista-performista es un productor de contingencias. Sólo después de la aleatoriedad del principio, la performance retoma el control sobre su procreación y constriñe al artista a una observación que debe trabajar con grados progresivos de reajustes de libertad. Después, lo que existe es sólo la posibilidad del aceptar o del desechar; del afirmar o negar. La performance, por tanto, es siempre sorpresa y arreglo constante de posibilidades. Al integrar la casualidad a la “acción de arte”, se podría plantear que la obra está explicitando el problema de la autorreferencia del arte, y jugando seductoramente con ella como límite interior de sus procesos de construcción de mundos artísticos.

II

Para interpretar la performance –desde una observación moderna-, el espectador/observador/público debe, luego de reconocer las características del mundo que propone la obra, buscar distinguir el esquematismo o el juego de distinciones desde el cual la obra está reconstruyendo/describiendo/observando el mundo contingente que, por ejemplo, el performance y el cuerpo nos propone, a saber, la interpenetración del mundo social en el cuerpo, por medio del asedio constante del poder.

En la relación entre performance y cuerpo observamos la resistencia –a veces exitosa, a veces no- del cuerpo sobre el asedio constante del poder. Desde estos lineamientos generales, la performance debe generar estrategias comunicativas pertinentes para deconstruir el discurso naturalizado que el mundo social nos ha legado. Pero esto exige que las configuraciones de la obra se sustenten por su propia complejidad: es decir, que las distinciones gestadas vayan tramando un orden posible, dentro de la inmensidad de emergencias comunicativas. En este caso, el asedio constante del poder sobre el cuerpo, comprendido como una interpenetración social, nos exige re-interpretar constantemente los discursos que la política -y los entramados sociales complejos- van configurando, estratégicamente (como asedio) en los cuerpos. He aquí, entonces, donde la performance y su registro, asumen, en el arte contemporáneo, un rol fundamental en la crítica sobre estos dispositivos de dominación: aspecto que, por lo demás, ha sido tematizado históricamente por el arte.

III

Por tanto, las artes del performance tienen, actualmente, la posibilidad histórica de registrar y transferir las acciones críticas en límites temporales cada vez más difusos y relativos. En este sentido, la performance y el cuerpo, como construcción artística, deben no sólo gestionar su propia complejidad interna (como construcción de contingencias ordenadas), sino que además generar las bases para sustentar su reflexión. De ahí que su registro y transferencia resulte central para su propuesta orgánica. Con ello, la performance poseerá y dejará un registro (una huella) donde su ausencia pueda permanecer siempre presente, dando paso a la posibilidad de que obras, que hoy resultan complejas en su operación y construcción (para nuestro exangüe escenario nacional), tengan un desplazamiento -en la dimensión social y temporal- de su reflexión.

En resumidas cuentas, la performance está en construcción operacional. Tanto su comprensión e interpretación como estructura artística, como la pregunta por su registro y transferencia, nos invitan a descifrar y reflexionar sobre su pertinencia y función en el mundo social actual. Demás está decir que su existencia está comprobada y vivenciada: la (re)conocemos y presenciamos, pero aún nos falta la conformación de un entramado argumental que logre potenciarla y amplificarla en Chile. Instancias como este encuentro –y como otros más- permiten trazar los lineamientos generales de un escenario propicio para el trabajo reflexivo entre la performance y el cuerpo en Chile.